Por Margarita Blanco

Morelia, Michoacán. 1 de noviembre del 2016 (Agencia Informativa Conacyt).- El escritor y periodista José Gordon, conductor del programa de televisión La oveja eléctrica y de las cápsulas Imaginantes, ofreció en Morelia una charla sobre ciencia y literatura, dentro del programa de actividades de la IX Feria Nacional del Libro y la Lectura Michoacán 2016.

Gordon inició su charla lamentando que nuestro pensamiento esté “encasillado” en conceptos difíciles de superar. Afirmó que nos cuesta trabajo entender conceptos, como el planteado por Jorge Luis Borges en el cuento Jardín de los senderos que se bifurcan, en donde el personaje llega a una encrucijada pero, en vez de elegir entre tomar un camino u otro decide por ambos, multiplicándose a sí mismo. Lo mismo ocurre en la ciencia, en donde ya se plantean conceptos como que dos partículas pueden estar en dos lugares al mismo tiempo.

En entrevista para la Agencia Informativa Conacyt, el escritor subrayó la importancia de la divulgación de la ciencia para ampliar las fronteras del pensamiento.

Agencia Informativa Conacyt (AIC): ¿Cómo podemos abrir nuestra mente a conceptos que no habíamos imaginado?

José Gordon (JG): Una herramienta que nos abre boquetes en la caja de lo preconcebido es la lectura, que nos ayuda a salirnos de nosotros mismos e ir más allá de los límites. La ciencia y la literatura nos llevarán a pensamientos inéditos.

Porque la ciencia es finalmente una narración del mundo. Claro que tiene sus instancias de investigación y sus metodologías pero en el momento de comunicarla vamos a tener que narrar, eso no tiene vuelta de hoja, si queremos hablar de un hallazgo o de un descubrimiento utilizaremos necesariamente el lenguaje que usamos diariamente.

Entonces nos enfrentamos a un problema muy serio: cómo comunicar el espíritu del contenido que vamos a transmitir, de las matemáticas o un estudio científico, sin traicionarlo. Lo que hemos querido hacer en La oveja eléctrica, programa de ciencia y pensamiento de Canal 22, es hablar con los protagonistas de la ciencia, a través de charlas. Es muy interesante porque los científicos dejan de dirigirse a la gente en lenguaje powerpontiano para establecer un diálogo real con la otra persona. La experiencia es muy grata porque los científicos sienten que están honradas sus palabras y, a la vez, se logra transmitir la ciencia a quien tiene inquietud de aprender.

En literatura ocurre lo mismo, no hay sustituto para la experiencia de leer directamente un libro o una novela, pero si quieres transmitir al otro por qué es importante leerla, se tiene que propiciar un diálogo en donde haya conocimiento y fidelidad a la voz del autor. Es necesario poner atención a lo que nos dice y esto implica un compromiso de investigación en términos periodísticos pero, sobre todo, de respeto y fidelidad para dar a conocer lo que están realizando los científicos mexicanos.

A la vez, ocurre que los mismos novelistas y científicos se sorprenden a sí mismos de poner su conocimiento en palabras entendibles por una mayoría.

Recuerdo una charla que tuvimos en La oveja eléctrica con el Premio Nobel en Física George Smoot. Te das cuenta de los grandes mapas literarios que tiene, es entonces que la discusión se abre a matices más finos.

Finalmente, lo que prevalece ahí es la pasión por entender y nos encontramos con científicos maravillados por un haiku, que lo comparan con una ecuación matemática, ambas son formas de condensar la información de una manera tan intensa y tan exacta que produce una sensación de asombro.

Es por ello que decimos que no sabe la gente lo que se pierde por no tener cultura científica, lo mismo ocurre cuando no tenemos cultura literaria, nos perdemos de ventanas que nos abren más mundos.

Creo que hoy como nunca necesitamos una población informada de lo que son las soluciones basadas en el conocimiento. No estoy hablando de una tendencia cientificista que puede ser reduccionista sino más bien de la importancia de resolver problemas con pensamiento crítico, ordenado, inteligente, sistemático y creativo a la vez.

AIC: ¿Nuestra educación contribuye a encerrarnos en estos viejos conceptos?

JG: En esos paradigmas nos encerramos nosotros mismos pero también nos quieren situar los otros. El escritor Bernard Shaw recibió una carta con una sola palabra: imbécil. Cómo escapar ante una sentencia tal del otro. Él lo hizo de una forma muy creativa, aseguró que en muchas ocasiones había recibido cartas sin firma pero era la primera vez que recibía una firma sin carta.

Es decir, tenemos que usar la creatividad para salirnos de la forma en que tradicionalmente estábamos entendiendo la naturaleza. Eso será parte de la historia de la ciencia del siglo XXI. Si bien se abren muchas polémicas, también se transforma en un intercambio creativo. Es necesario volver a tener curiosidad, retomar nuestra capacidad de asombro, volver a hacer preguntas una y otra vez, porque esa es la forma en que avanza el conocimiento. Hay que poner en juego el pensamiento crítico pero también la imaginación que es, asimismo, el motor de la investigación.

La ciencia debe apostar a la vez por la aplicación que nos ayuda a resolver problemas cotidianos y por resolver preguntas que quizás en algún momento puedan tener un uso. El mexicano Samuel Gitler investigó conceptos matemáticos por curiosidad y veinte años más tarde contribuyen enormemente a la robótica.

AIC: ¿Cómo lograr que los jóvenes se interesen por la ciencia y se abran a estos nuevos conceptos?

JG: Para mí es un gozo que se me acerquen algunos jóvenes y me digan que han despertado su vocación científica a partir de que vieron La oveja eléctrica.

Podemos culpar a los jóvenes de que se quedaron jugando con las nuevas tecnologías, cuando fuimos nosotros quienes no tuvimos la capacidad de contarles los relatos del siglo XXI y que se vuelvan a emocionar con el descubrimiento del mundo que les rodea.

Lo creativo es cuando se usa la tecnología para tocarnos los unos a los otros, no para fugarnos. Lo interesante es que los jóvenes sí tienen esa capacidad si respetamos su inteligencia. En los círculos universitarios, cuando se supone que solamente están interesados por sus pequeños mundos, cuando aparecían personajes como Ernesto de la Peña o Carlos Fuentes, los auditorios estaban llenos porque se sabía que ahí había mapas de conocimiento que iban a ensanchar su mirada.

Hay un relato que me conmueve de Roger Zelazny, El psicoanálisis del futuro, en donde una mujer ciega acude con un psicoanalista, ambos están conectados por aparatos que les permiten transmitir imágenes mentales, por lo que no es posible mentir con la palabra. Esto significa un impacto emocional fortísimo para el doctor porque está recibiendo el mundo del otro. La mujer se encuentra tan satisfecha que le insiste en que la ayude a ser psicoanalista del siglo XXI. Él responde que no es posible porque es ciega, pero se le ocurre que puede transmitirle de cerebro a cerebro. Es así que primero logra ver unas formas, luego una colina y la lleva a un lago a donde se asoma y ve su rostro, su propia mirada a través del otro.

Esta máquina del psicoanálisis del futuro es un símil de lo que logran la ciencia y la tecnología y su comunicación en nosotros: extender nuestra mirada. A la vez, la poesía logra tocarnos íntimamente y comprender nuestras miradas.

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